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This old man, he played one; He played knick-knack on my thumb.

13 octubre 2009

Hoy, Ali se levantó temprano para dar su paseo matutino y volvió para cama, para disfrutar de un rato más de insconsciencia en su mantita, felizmente.

Cuando por fin decidió que era hora de hacerse ver por casa, fue hasta la sala y se echó a hojear la prensa con unas sobras de tortilla del día anterior (que le supieron a gloria). Nada nuevo en el mundo, pensó. Pero hubo un artículo que, fuera de ser novedoso (ojalá así fuera), le hizo reflexionar durante un rato.

Narraba la historia de Terro, un cruce de mastín que estuvo atrapado en una canaleta durante tres días, hasta que un buen hombre lo sacó de allí. Más tarde, se llegó a la conclusión a partir de las evidencias, de que el buen perro había sido abandonado a su suerte, con sus aproximadamente doce años encima.

Era el tipo de cosas que hacían que una buena mañana como aquella se convirtiera en algo desagradable. Ella nunca esperaría que ni P ni L la dejaran sola, y le parecía inimaginable que alguien pudiera dejar en tal condición a un compañero que ha sido fiel, atento y comprensivo durante tantos años.

Pensó en cómo sería ser viejuna, y no pudo evitar fijarse en Toro, acurrucado en su cama. Él había sido ( y es) un Señor Perro. Había estado al lado de todos cuando estaban enfermos, inmóvil al lado de sus camas. Había estado despierto durante noches enteras cuando alguna puerta quedaba abierta sin querer y suponía un riesgo para toda la familia, había aguantado tirones de orejas y rabo de bebés, dado la patita y hecho mil trucos para deleite de quien se lo pidiera y aguantado las trastadas de tres cachorros. Incluso un día logró robar de la cocina un trozo de lacón entero (lo que sería para nosotros que el hombre pisara la Luna).

Ahora, tras trece años, pasaba los días durmiendo o en el patio mirando el parque. Paseaba lo que la artritis le permitía, y no dudaba en ser el primero en levantarse, aunque le doliera mil rayos, para saludar a cualquiera que entrara por la puerta.

Entonces Ali volvió a pensar, si ahora dejaran a Toro tirado en una canaleta, no se moriría por falta de comida o agua, o de frío, o de cualquier cosa sino de tristeza. De tristeza por cómo todo lo que el quería lo había abandonado, lo había deshechado de su vida y por ende, le había quitado la suya.

Ali no leyó el periódico ni tomó tortilla ni sabe si a Terro lo abandonaron o si existe siquiera, pero lo que sí sabe es que los abandonos suceden y que nunca, bajo ninguna razón, deberían ocurrir.

aliytoro


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2 comentarios

  1. Por eso estoy orgulloso de estos, tres pequeños trastes, que para mi son como si fueran mios. Toro, Travis y Ali, no sabeis cuanto os quiero.

    La foto es del verano pasado y Toro todavía no tenía bigotes blancos. ¡Se nota la edad abuelete!


  2. Me gusta el texto :D ¡Y vaya dos en la foto! ;)



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